Sergio Urribarri no podía entender muy bien el escenario donde se volvió a encontrar la madrugada de este último sábado. El ingreso a la Unidad Penal 1, los rostros de los penitenciarios con el poder de sus tiras, una celda de Admisión, la carencia de cosas materiales que siempre tuvo en los últimos 40 años, la lejanía con amigos y familiares y de ahora en más la falta de libertad. Pensó una y otra vez que sería “un preso vip” en el sistema carcelario, por el hecho de ser exgobernador (lo que sucede por primera vez desde 1983 a esta parte), que podría contar con “ciertos cuidados y favores” del poder, pero también es consciente que en una cárcel todo tiene precio y nada está asegurado. Y que, además, en la actualidad gobierna una coalición opositora a su historia política, tanto en Entre Ríos como en el país. Y salvo algunos gestos de determinados dirigentes del PJ, pidiendo ciertas garantías o colaborando con los abogados defensores, casi nadie del peronismo se comunicó en las últimas horas con Rogelio Frigerio o con el ministro Néstor Roncaglia para lograr ciertos beneficios para el exmandatario entrerriano.
Son demasiados los presos peligrosos dando vueltas, muchos de ellos con conocimiento de cada vericueto carcelario y también existe un lote de penitenciarios que históricamente han estado ligados al sistema mafioso de toda unidad penal, caminando siempre en el límite de la legalidad y dispuestos todo el tiempo a concretar pequeños negocios con el preso de turno u oficiar de puente para el andamiaje narco interno y externo. En la cárcel de Paraná existen no pocos exfuncionarios policiales de tiempos del urribarrismo que fueron sumariados, detenidos y condenados a prisión. Todos ellos se encuentran en el Pabellón de Seguridad. Se pensó en algún momento llevarlo a ese lugar (donde hay espacio para 30 y son cerca de 40 detenidos), pero finalmente se desestimó.
El único lugar distante era la celda especial que se le había armado para la anterior detención, pero ya no existe más. Eso ahora se está refaccionando para Enfermería de la cárcel. Pero Urribarri deberá estar en Paraná -por estrictas cuestiones burocráticas judiciales y penitenciarias- hasta por lo menos miércoles o jueves, en que se expida el Juzgado de Ejecución Penal, después de las entrevistas de rigor a cada uno de ellos y los estudios médicos finalizados.
Urribarri, Báez y Aguilera estuvieron hasta anoche en el sector de Admisión de la UP1, que es el único lugar que le ofrece ciertas garantías de seguridad, y lo derivaron a celdas denominadas “para presos peligrosos”. Son individuales, de 2 metros cuadrados de superficie, con camas muy chicas y un baño que cuenta con una pared de divisorio. Y tienen un pequeño patio, con techo de rejas. Obviamente, están muy cerca de los otros pabellones de presos comunes y con escasa seguridad diaria y en especial nocturna, más allá del operativo cerrojo que se buscó imponer desde que llegaron los tres nuevos presos.
De noche se escuchan gritos de los presos, reclamos dolorosos en la soledad nocturna de una cárcel y nunca resulta fácil conciliar el sueño con tal escenario, donde se mezclan criminales, psicópatas y personas de alta peligrosidad, consecuencia de la droga y toda una vida de violencia y marginalidad. Y eso preocupa a las autoridades de la UP1, porque entienden que no cuentan con garantías suficientes.


