La versión de danza contemporánea “La consagración de la primavera”, creada y dirigida por Rodolfo Romero se presentó este sábado en Paraná, en La Vieja Usina. Durante unos 45 minutos, ocho bailarines atravesaron la obra de Igor Stravinsky desde las masculinidades, los mandatos, la violencia, el afecto y el sacrificio. La función coincidió con el Día Nacional de la Danza y terminó con un reclamo que sacó la mirada del escenario para llevarla a una realidad mucho más concreta: la de quienes quieren vivir de bailar.
A las 21.15 apareció el primero. Solo. Después llegó otro. Y otro más. Así empezó “La consagración de la primavera” en La Vieja Usina. Los ocho bailarines no ingresan juntos. Romero los hace aparecer de a uno y el espacio comienza a poblarse lentamente. Se cruzan, se encuentran, algunos salen. Por momentos están todos sobre el escenario; poco después quedan dos, o apenas uno.
La composición cambia casi todo el tiempo. Hay solos, dúos, escenas grupales, entradas y salidas que acompañan también los cambios de la música. Los movimientos son precisos, pero no se trata solamente de precisión. En una mirada, en un gesto, en la distancia que queda entre dos cuerpos empiezan a aparecer otras cosas.
Emanuel Benítez, Eliseo Borgetto, Juan Cruz Catelló, Joaquín Dappen, Emiliano Farías, Hernán García, Lucas Lopez y Walter Miller son los ocho bailarines convocados por Romero para esta ceremonia. El punto de partida sigue siendo el rito y el sacrificio de la obra de Stravinsky, aunque aquí la escena pertenece enteramente a los hombres.
Hay momentos de fuerza y resistencia, otros de enfrentamiento. Pero esa energía no permanece intacta. Empieza a mezclarse con algo menos previsible: un contacto que se prolonga, alguien que sostiene a otro, cierta fragilidad que aparece cuando un intérprete queda separado del grupo.
La gestualidad tiene un peso importante. No hace falta que exista un relato lineal para seguir lo que ocurre entre ellos.
La música de Stravinsky empuja buena parte de esas transformaciones. Cuando la partitura se vuelve más abrupta, la danza gana velocidad y peso; los movimientos se hacen más secos, por momentos casi salvajes. Después el pulso cambia y hay tiempo para detenerse en un dúo, en un gesto pequeño o en el recorrido de un bailarín solo. Esos contrastes le dan aire a la puesta.
También hay movimientos que vuelven. Formas de relacionarse que se repiten, acciones que parecen conocidas de antemano. El programa habla de juegos, mandatos y patrones cuyas huellas persisten en el presente. Sobre el escenario, esa idea aparece menos como una explicación que como una insistencia: algo que los cuerpos hacen una y otra vez hasta que empieza a modificarse.
En la Consagración original, una joven es elegida dentro de un rito pagano para bailar hasta la muerte y asegurar la llegada de la primavera. Romero no traslada esa historia de manera literal. Mantiene el sacrificio, pero cambia el lugar desde donde lo plantea: son ocho hombres quienes atraviesan la ceremonia.
A partir de ahí aparecen códigos reconocibles de la masculinidad. La fuerza, la competencia, el enfrentamiento, la necesidad de pertenecer al grupo. Se ven en la manera en que los bailarines se agrupan, se miden, se acercan o se apartan.
Con el correr de la obra, algo empieza a romperse. Un hombre sostiene a otro. Alguien se deja caer. El contacto puede dejar de ser confrontación. También cambia lo que ocurre cuando el grupo desaparece y queda un solo cuerpo sobre el escenario, sin la protección —o la presión— de los demás.
La danza trabaja sobre esa tensión y ahí encuentra algunos de sus mejores momentos.
A medida que avanza la obra, el clima ritual se hace más evidente. El sacrificio sigue ahí. No hay una doncella, como en la pieza de origen, pero sí alguien que ocupa ese lugar. La coreografía llega a ese momento después de acumular tensión, repeticiones y una exigencia física que crece con el avance de la puesta.
Romero conserva entonces uno de los núcleos de Stravinsky, pero lo lleva a otro territorio. El sacrificio ya no puede significar exactamente lo mismo porque tampoco son los mismos cuerpos ni es la misma pregunta.
El programa ofrece una posible lectura cuando habla de las corazas que ocultan la vulnerabilidad y plantea que tal vez el verdadero sacrificio sea “dejar de tener miedo a amar”.
En escena, esa idea aparece sobre todo en la relación entre los bailarines. En el rechazo, pero también en el abrazo. En el peso que un cuerpo descarga sobre otro. En alguien que sostiene y en otro que acepta ser sostenido.
Cuando terminó la obra, los ocho protagonistas volvieron para el saludo. Los aplausos continuaron y Romero tomó el micrófono.
No era un detalle que la función se realizara justamente el 10 de octubre, Día Nacional de la Danza, fecha que recuerda a los bailarines del Teatro Colón fallecidos en la tragedia de 1971.
Romero habló de ellos después de haberlos homenajeado de la manera más directa posible: bailando. Pero aprovechó también ese momento para referirse al presente de la actividad.
Pidió por una Ley Nacional de Danza, por una Asociación Argentina de Trabajadores de la Danza y por el reconocimiento de la danza como un trabajo digno. Que quienes pasan años formándose, entrenando, ensayando y creando tengan también la posibilidad de vivir de esa profesión.
Las palabras encontraron otra resonancia después de lo que acababa de suceder durante 45 minutos. Los ocho hombres que seguían sobre el escenario habían sido parte de un rito, intérpretes de una obra, cuerpos puestos al servicio de una coreografía. Pero eran también bailarines. Trabajadores.
Y el saludo final agregó algo que no estaba en el programa. Después del rito, del sacrificio y de esos ocho hombres entrando y saliendo de escena, Romero habló de otra pelea: la de poder bailar y hacer de esa elección una forma posible de vida.


