Ya es media mañana y la pesca es muy escasa en el cauce principal del Paraná, a la altura de la ciudad de Rosario, corazón geográfico del comercio de granos de Argentina. Pasaron varias horas de una tarea que suele empezar cuando aún es de noche, el sol ya calienta el aire de la primavera austral y apenas una pieza de sábalo reposa sobre la canoa de Diego Carabajal, que lleva la mayor parte de sus 38 años de su vida siendo pescador artesanal.
“No hay pique, no sale nada. Pesco desde que me acuerdo, de toda la vida, antes salían más peces pero el río cambió mucho. Cada vez pasan más barcos y no respetan nuestro lugar. Nos rompen las redes y si te descuidás te pasan por encima de la embarcación. Está peligroso”, cuenta.
Diego ejerce, muy probablemente, el oficio más antiguo de esta cuenca. Su forma de vida, así como la de tantos otros que habitan y trabajan en este vastísimo humedal fluvial, está más presionada que nunca por la navegación comercial a gran escala y las obras de infraestructura que eso significa, como la profundización artificial de tramos del canal de navegación para permitir que buques diseñados para el océano entren hasta el complejo portuario agroexportador del Gran Rosario, consignó la periodista Jorgelina Hiba en un artículo publicado en el diario El País de España.
Un proyecto que comenzó hace 30 años y que ahora será más agresivo para la naturaleza, ya que la nueva concesión para el dragado otorgada por el gobierno argentino al grupo belga Jan de Nul por 25 años incluye nuevas obras en partes del lecho para darle aún mayor profundidad. Obras que carecen de una evaluación de impacto ambiental previa, según denuncian científicos, abogados ambientalistas e incluso la Procuraduría de Investigaciones Administrativas (PIA) de Argentina.
“La Hidrovía pretende que buques que fueron diseñados para el océano puedan entrar centenares de kilómetros hasta los puertos del Paraná, para abaratar el costo del flete de los agroexportadores. Pero esos costos no desaparecen: los paga el ambiente y las poblaciones más vulnerables que viven de los recursos del río y sus humedales” explicó Nadia Boscarol, bióloga y coordinadora nacional del Programa Corredor Azul, de Fundación Humedales/ Wetlands International.
El proyecto Hidrovía
El sistema de humedales del Paraguay-Paraná es un corredor fluvial de 3.400 kilómetros que es fuente de agua y servicios para millones de personas.
En el barrio de pescadores El Espinillo, ubicado en zona de islas del delta del Paraná, frente a Rosario, decenas de familias viven de lo que el río les provee. Matías Molina, de 29 años, es uno de ellos: viene de familia de pescadores y después de probar suerte en la ciudad, decidió volver al oficio familiar: “me gusta pescar, no hay nada mejor que esto. No tenés horarios ni oficina. Pero está difícil: se nos complica mucho con los buques grandes porque no respetan a los pescadores y muchas veces nos cortan los tejidos”.
María Cánepa, de 46 años, es bióloga y decidió irse a vivir al Espinillo hace 7 años. Nació en la ciudad y estudió en Buenos Aires, y ahora trabaja en la facultad de Ciencias Agrarias de Rosario. “la Hidrovía existe hace mucho, pero quieren profundizarla cada vez más sin considerar sus impactos ambientales. La falta de control es total, están reventando este humedal de todas las formas posibles. Vivimos en un territorio abandonado”, relata.
A lo lejos se recorta la figura de un buque: es el PAN CERES, un granelero de tipo Kamsarmax/Panamax de 229 metros de largo y 32 metros de ancho que puede cargar más de 82 mil toneladas de granos y cereales. Es uno más entre los cerca de 2.000 buques que cada año remontan el río hasta las terminales portuarias, que comenzaron a construirse en los años 90 a la par de las primeras obras importantes de profundización para permitir el ingreso de los navíos tipo Panamax, que tienen un calado mayor al de la profundidad natural del río, resalta el artículo de la periodista Jorgelina Hiba en un artículo publicado en el diario El País de España.
A partir de la nueva licitación, la empresa Jan de Nul podrá llevar algunos tramos de la vía navegable a una profundidad de entre 40 y 44 pies (unos 10 pies más que la profundidad natural del lecho) para permitir el paso de esos buques cargados al máximo.
Impactos ambientales
Tanto el dragado como la navegación intensiva tienen consecuencias directas sobre el sistema de humedales con impactos sobre la biodiversidad, la calidad del agua, la erosión costera y la forma de vida de los pobladores de la zona. “La deposición del sedimento extraído del fondo del río puede modificar los ciclos de inundación y reproducción de los peces y el aumento del tránsito naviero y los nuevos puertos potencian el riesgo de contaminación e introducción de especies exóticas invasoras. Además, el mayor oleaje generado por los barcos acelera la erosión costera”, alertaron desde la Fundación Humedales.
Para expertos como Boscarol, la vida y la salud de millones de personas dependen del buen estado de estos humedales fluviales: “Profundizar aún más el canal en tiempos de crisis climática acelerada pone en riesgo la conectividad transversal, la permanencia del agua en la planicie de inundación y la salud de los humedales, que es lo que garantiza la vida del sistema fluvial”, razonó la bióloga.
Según el geólogo Carlos Ramonell, investigador de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), existen zonas del lecho donde el dragado modificará la pendiente natural, lo que puede disparar cambios por erosión y sedimentación. Algo difícil de anticipar, ya que el comportamiento del río “ya no es el natural”, como consecuencia de los cambios en su morfología generados en gran parte por presiones antrópicas, como el cambio climático y los usos humanos de ese curso de agua.
Para Ramonell, la falta de información sobre los impactos que pueden tener las nuevas obras es un problema mayúsculo: “los estudios de impacto ambiental presentados tienen una mirada muy parcial, sin contexto. Evalúan al río como si fuera una foto y no una película”.
La administración de Javier Milei eliminó el ministerio de Ambiente nacional y recortó duramente partidas para la protección de la naturaleza. Para el Presidente, el “ambientalismo idiota extremo” no ha permitido el desarrollo económico de Argentina, hasta ahora. “Hay que terminar con el pensamiento precámbrico de cuidar a la Tierra, con el ambientalismo idiota, con esto de que el ser humano rompe el planeta. ¿Para qué nos dio el Creador el planeta? ¿Para contemplarlo?” lanzó el mandatario en la Bolsa de Comercio de Córdoba en marzo de este año, consignó la periodista Jorgelina Hiba en un artículo publicado en el diario El País de España.
En relación a los impactos de las obras que prevée la nueva hidrovía, el subsecretario nacional de Puertos y Vías Navegables, Iñaki Miguel Arreseygor, dijo durante un encuentro realizado en la Bolsa de Comercio de Rosario a principios de este año que “no se va a mover un centímetro de arena o un centímetro de barro si antes no hay un estudio de impacto ambiental que lo apruebe”. América Futura se comunicó con la Subsecretaría de Ambiente de Nación, pero no obtuvo respuesta al cierre de esta edición.
Oscuridades legales
La nueva concesión de la Hidrovía también generó cuestionamientos legales, como el informe de la Procuraduría de Investigaciones Administrativas de mayo pasado, que alertó sobre “posibles irregularidades relacionadas con la inexistencia de estudios de impacto ambiental actualizados”. Tampoco se respetaron en tiempo y forma los mecanismos de acceso a la información pública y de participación popular que Argentina debería garantizar a su población, según el Acuerdo de Escazú.
Para la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas, el proceso estuvo viciado desde el principio: “no se presentó ningún Estudio de Impacto Ambiental tal como exige la Ley General del Ambiente y el Acuerdo de Escazú” dijo Romina Araguas, abogada y profesora en la Universidad Nacional de Rosario.
La nueva concesión pretende modificar de forma definitiva los humedales y el cauce del Paraná para transformarlo en un canal exclusivamente al servicio de las corporaciones exportadoras, sin vida, sin control y sin retorno, desertificando el sistema de humedales, sus diversidades y culturas”, agregó la especialista.
El devenir del gran humedal fluvial del Paraná está en tensión. Los usos productivistas a gran escala de este vasto ecosistema de agua dulce, la falta de control estatal y la deriva política del actual gobierno argentino, que ha ido desmontando de a poco la institucionalidad ambiental nacional, provocan preocupación en muchos expertos y -sobre todo- en quienes dependen de la buena salud del Paraná para su vida diaria.
Así lo siente María Cánepa. “Vivimos en un humedal que debería ser considerado una reserva cultural también, porque se practica un arte de pesca desde hace mucho tiempo, que combina saberes de pueblos originarios guaraníes y qom con otros aportados por los inmigrantes. Pero no parece importarle a nadie esto”.
Las canoas de los pescadores y los grandes buques graneleros son la postal de la difícil convivencia entre lo artesanal y el extractivismo a gran escala, que presiona como nunca antes la identidad y la esencia de este gran río de llanura.


